Coste
La mayor parte de las empresas industriales están comprometidas con la prioridad competitiva referente al “coste”, aunque no compitan preferentemente sobre esta base. La reducción de los costes supone la producción de bienes o servicios a un mínimo coste y con el menor uso de recursos. Se incluyen los costes de los materiales o materias primas, de la mano de obra, de la energía, de los suministros y de cualquier otro input o factor productivo, ya que la mayor parte de los costes del producto se generan en el área de producción. Este objetivo se plantea en muchas ocasiones a nivel corporativo ya que conlleva la implicación de todas las áreas de la empresa.
Una gran parte de la literatura especializada a la hora de medir esta prioridad competitiva se centra en la habilidad de minimizar el total de los costes de producción, incluyendo el coste de las materias primas y materiales, de la mano de obra y el resto de costes fijos operativos más generales (Wood et al., 1990; Miller y Roth, 1994; Vickery et al., 1994; Dean y Snell, 1996; Kim y Arnold, 1996; Vickery et al., 1997; Boyer, 1998; Ward et al.,1998; Avella et al., 1999 b, 1999
c; Kathuria, 2000).
Calidad
La calidad es un constructo multidimensional. Garvin (1987) propone ocho dimensiones para su definición.
Resumidamente éstas son: el desempeño del producto, que hace referencia a sus prestaciones y características operativas principales (productos sin defectos); las características o resultados secundarios que apoyan a los aspectos básicos de funcionamiento anteriores; la fiabilidad, que refleja la probabilidad de que el producto tenga problemas de funcionamiento durante un período específico de tiempo; la concordancia o el grado en el que coinciden las características especificadas en el diseño y las del producto final, esto es, hasta qué punto un determinado producto cumple con una serie de estándares previamente fijados en la etapa de diseño; la duración o vida del producto, se refiere al uso que admite el producto antes de deteriorarse físicamente (dimensión técnica) o hasta que el repararlo deje de compensar económicamente (dimensión económica); el nivel de servicio o la rapidez, cortesía, capacidad y facilidad de reparación del producto; la estética, que incluye el aspecto, la textura, el sabor, el olor y el sonido del producto y, por último, la calidad percibida por el cliente, donde juega un papel importante el impacto de la marca, de la imagen de la empresa y de la publicidad.
En cambio, Ward et al. (1996) consideran que las magnitudes relativas a la concordancia, la duración y la fiabilidad del producto son tres dimensiones, de las ocho identificadas por Garvin, que pueden caracterizar a la calidad como una prioridad competitiva en producción, y así se pone de manifiesto en numerosas aportaciones (Hill, 1994; Ferdows y De Meyer, 1990; Noble, 1995; Ward et al., 1996 y White, 1996).
Otras veces esta prioridad competitiva se hace operativa no sólo a través de la concordancia, sino también a través del desempeño del producto o, lo que es lo mismo, en función de las prestaciones y de las características operativas principales del mismo, que supone la obtención de productos sin defectos (Roth y Miller, 1990); o a través de la duración o vida del producto, (Kim y Arnold (1996); o incluso, a través de la fiabilidad del producto, que refleja la probabilidad de que el producto tenga problemas de funcionamiento durante un período específico de tiempo (Miller y Roth, 1994; Vickery et al., 1993; Dean y Snell, 1996; Boyer, 1998; Ward et al., 1998).
Flexibilidad
La flexibilidad es la capacidad de cambiar o de adaptarse con poca penalización de tiempo, esfuerzo, coste o rendimiento (Upton, 1994:73).
Básicamente, es un constructo multidimensional, difícil de sintetizar, que representa la habilidad de la función de producción para llevar a cabo los ajustes necesarios a la hora de amoldarse a los cambios del entorno, sin riesgos significativos en los resultados (D’Souza y Williams, 2000:578).
El problema que nos encontramos es la ausencia de unanimidad por parte de la comunidad científica en lo relativo a las dimensiones que conforman tal constructo.
No obstante, los autores preocupados en la medición de la flexibilidad como una prioridad competitiva u objetivo de producción han considerado únicamente aquellas dimensiones relativas a la función de producción, esto es, se han centrado en la flexibilidad en el volumen y en la flexibilidad en el producto (Cox, 1989; Hill, 1989; Noble, 1995; Ward et al., 1996).
La flexibilidad en el volumen se refiere a la habilidad de alterar los volúmenes de producción (Upton, 1994).
El volumen de producción de una planta productiva se determina gracias a la capacidad disponible en la misma, debiendo tener en cuenta las previsiones de la demanda de productos que marcan la capacidad de producción necesaria para satisfacer la misma.
Por ello, este tipo de flexibilidad puede caracterizarse a través de dos dimensiones
(Garvin, 1993). La primera dimensión recoge la rapidez con la que se puede incrementar la capacidad disponible ante aumentos en la demanda de un determinado producto, lo que supone llevar a cabo ajustes rápidos de la capacidad disponible en la planta sin que ello suponga unos costes demasiado elevados (flexibilidad de expansión o rapidez en el aumento de la capacidad).
La segunda dimensión hace referencia a la capacidad de operar a diferentes niveles de output, es decir, la facilidad con la que los procesos de producción pueden pasar de fabricar volúmenes pequeños a producir a gran escala de forma rentable (cambios en el volumen o facilidad de ajustes de la capacidad productiva), (Garvin, 1993; Dean y Snell, 1996; Boyer, 1998; Boyer y McDermott, 1999; Kathuria y Partovi, 1999; Boyer y Pagell, 2000; Kathuria, 2000).
La flexibilidad en el producto, en términos muy generales, se refiere a la capacidad de modificar el producto que se está fabricando (Upton, 1994). Así, es factible definir este tipo de flexibilidad a través de tres variables:
La primera, respuestas rápidas o la rapidez en la creación, diseño, fabricación e introducción de nuevos productos o cambios en los productos actuales.
La segunda, la adaptación a las exigencias específicas de cada cliente, esto es, la capacidad de la empresa para fabricar y modificar los productos de forma que respondan a las especificaciones del cliente.
Por último, una amplia gama de productos, en concreto la capacidad para producir dicha gama fácilmente y en poco tiempo, sin modificar las instalaciones existentes.
Otros autores, contemplan estos mismos ítemes para medir la flexibilidad y, además, añaden la introducción de rápidos cambios en el mix de productos y la capacidad para ofrecer productos con múltiples características, esto es, productos no estandarizados (De Meyer et al., 1989; Miller y Roth, 1994; Vickery, 1997; Dean y Snell, 1996; Kim y Arnold, 1996; Boyer, 1998; Ward et al., 1998; Avella et al., 1999 b, 1999 c; 1996; Kathuria y Partovi, 1999; Kathuria, 2000).
Entrega
Esta prioridad competitiva es la referente al “tiempo de entrega”, esto es, la capacidad para proporcionar el producto justo en el momento prometido de acuerdo al programa establecido. Sin embargo, esta seguridad en el cumplimiento de la entrega del producto al cliente no es suficiente, siendo también necesario la rapidez y la velocidad de la entrega (Ward et al., 1998).
A la hora de hacer operativa esta prioridad competitiva, Noble (1995) la mide en términos de la “seriedad o seguridad en las entregas” a través de la frecuencia de aceleramientos. Sin embargo, no diferencia entre la rapidez en las entregas y las entregas a tiempo. Garvin (1993) considera que esta prioridad competitiva puede subdividirse en las siguientes categorías: exactitud, rapidez y facilidad de procesamiento de los pedidos.
Sin embargo, la mayor parte de la literatura especializada en la estrategia de producción considera que los ítemes que conforman las medidas de la entrega como una prioridad competitiva de producción son dos: las entregas rápidas, que supone poner el producto en las manos del cliente en el menor tiempo posible y, el segundo ítem, las entregas a tiempo o el cumplimento de las mismas, es decir, la habilidad para hacer llegar el producto en la fecha y en la cantidad acordada con el cliente (Wood et al., 1990; Tunc y Gupta, 1993; Miller y Roth, 1994; Domínguez Machuca et al., 1995; Dean y Snell, 1996; Kim y Arnold, 1996; Vickery et al., 1997; Boyer, 1998; Ward et al., 1998; Avella et al., 1999 b, 1999 c; Kathuria, 2000).